sábado, 15 de abril de 2017

La zoológica pesadilla de J.C. Borges, un profeta tardío.




"Muerte es cuantas cosas vemos al despertar, sueño cuantas vemos al dormir."

Heráclito



Entre dormido y despierto, Juan Carlos me hablaba, seguía agitado por su pesadilla. Mis cuestionamientos a su capacidad para el horror onírico, fueron en vano. Tan sólo esperó a que resignado me cebe un mate, cediéndole tácitamente la palabra.
Se arrellanó en el sillón y comenzó su atolondrada perorata.

-Soñé con la escuela. No la escuela primaria, nuestra escuela, la de cine. Era de noche, un día cualquiera. Nosotros seguíamos tomando birra frente a ella. De golpe, se cortaba el tránsito y se escuchaban fanfarrias, como si llegara una corte medieval.
 Llegaba un jeep verde y se bajaba un yanqui igual a Bill Pullman todo trajeado. 
Y atrás de él, frenaba un camión de ganado. 
El tipo daba dos o tres órdenes y de la caja del camión bajaban mil cabras. Iban ordenaditas, a lo prusiano, como guiadas por un pastor invisible. Entraban a la escuela, mientras se llevaban a los de seguridad en una carreta. 
Todo esto, delante nuestro. 
Mudos, congelados nosotros. 
Bill Pullman se sentaba en el jeep y se ponía unos auriculares, lo más pancho. Pero del interior de la escuela se oían ruidos propios de una catástrofe. Entonces, no sé como, estábamos adentro, el piso estaba cubierto de vidrios y papeles. Las cabras se comían los libros de la biblioteca con un placer casi humano. Cagaban sobre los mostradores de madera y lo esparcían con sus patas. Desde el microcine se oían gemidos de cabras fifando, se había armado una gomorra caprina, entonces ni entrábamos. 
Cuando bajábamos al subsuelo, era como una kermesse. Las turras se hacían pases con los compus y terminaban pisándolas, otras se divertían dándoles topetazos y había unas que armaron un VIP en la oficina de post: miraban una de Vin Diesel....-

Los ojos perdidos de Juan Carlos se humedecieron y no me respondería más. Estaba aún en shock por la pesadilla.
Tuve que esperar varias horas para contarle lo de Feimann, Fantino y los animales más peligrosos: los gorilas.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Todo el desgaste del mundo

Finas hebras del riel
besado por vagones.

Polvo de la piel
de los ancianos encerrados.

Uñas pasadas por alicate
del último equipo de la D.

Opacas sonrisas
detrás de amplios cristales.

Galones de agua sucia
en zapatillas agujereadas.

Barro seco que duerme
en el vientre de baldosas flojas.

Infinitos mundos de pelo
en desagües de casas anónimas.

Un camión con las asas
rotas de rotas tazas.

La memoria difunta
de un libro enmohecido.

Los restos del aire
cortado a navaja.

El leve movimiento
de su boca despidiéndose.

viernes, 8 de julio de 2016

El triste retrato del Profesor Gifford

"¿Para qué repetir los errores antiguos 
habiendo tantos errores nuevos que cometer?"
Bertrand Russell



-¿Así que estudiás semiótica?- inquirió, incisivo e imprudente Rubén. La muchacha de ojos claros, dejó entrever un "sí" entre sus labios y yo empecé a sentir como una amenaza de tedio, otra de sus anécdotas. La resignación y el morbo de verlo ridiculizarse me ganaron. Me bebí el final de mi copa y entrecerré los ojos como quien siente el viento en la cara.

Rubén se acomodó los lentes y carraspeó, siempre intentando generar una intriga que estaba entre la total falacia o la auténtica estupidez.
-Imagino que conocés la obra de William Gifford- dió por sentado, ella, asintió con entusiasmo- Yo trabajo como fotógrafo para una editorial, el trabajo es bastante aburrido...pero paga bien- Rubén era puro intento de seducción, la mesa, alcoholizada y dormida, sólo exhibía débiles asentimientos. 
La muchacha (cuyo nombre, afortunadamente, escapa a mi memoria) se mostraba tímida, pero interesada. Sus silencios y sutiles gestos parecían empujar a su interlocutor a continuar.
-Me mandan a cubrir conferencias, presentaciones de libros y cosas por el estilo, un embole- decía la voz de Rubén aclarada por la cerveza- siempre podés dar con algo interesante o que conocés, pero por lo general es fotografiar a viejas chetas decadentes o escritores sin más mérito que las influencias que pasaron por sus camas- ella dejó escapar una risa levísima, él iba tomando una confianza odiosa.
-La cuestión es que me enviaron a cubrir la conferencia de Gifford en la Cumbre Latinoamericana de Lingüística en Montevideo, anteayer. Para mí, era un trabajo más, pero casualmente había visto algunos videos del tipo en internet y decidí poner atención a su conferencia, casi que la esperé. La temática parecía interesante "Las nuevas formas de representación visual en el contexto virtual". Sin saber demasiado, me metí- se traducía en las cejas de Rubén el íntimo placer de la exitosa planificación- el tipo es como una especie de duende irlandés, colorado, petiso y mala onda- ella se reía y el se sentía Maradona- y se ve que ya había llegado enojado de antes, tenía cara de mal dormido y unas tremendas ojeras. El tipo se sentó y esperó todo el ceremonial. Una uruguaya lo presentó, nos honra su presencia, todo eso. Él, nada, la misma cara de traste.

Se detuvo a beber y se despidió de dos de nuestros compañeros de mesa, que ebrios pero con tacto se retiraron en un atinado intento de regalarles algo de intimidad. Quedaba apenas junto a mí, Esteban, cuyo existir en esos momentos se disputaba entre el vómito y el sueño. Ella me miró un momento, no supe discernir si era un pedido de que me fuese o que me quedase.
- Arranca la conferencia del petiso, el tipo se pasa diez minutos recomendando libros. Parecía un vendedor. Sin embargo, con eso rompió el hielo. Entonces, al terminar sus sugerencias largó una exposición bastante rabiosa- ella le interrumpió y descubrí que tenía lo que se denomina "voz de pito".
- Él es así, en el documental que hicieron sobre el poder simbólico del mercado, se peleó a piñas con el dueño de una cadena de supermercados- le espetó con aires de defenderlo.
-Está loco- y antes de que pudiera interrumpirle- pero es un capo. 

Ambos sonrieron y Esteban se levantó de su posición de esfinge. Sin decir palabra y pegando contra todo a su paso, se apuró hacia el baño. Los instantes en que Rubén y yo tuvimos una breve y tácita disputa ética fueron eternos. Yo no estaba dispuesto a quedar como el clásico "me llevo al choborra a su casa" y él no estaba dispuesto a cortar su relato. Finalmente, un poco más pálido y con la cara mojada, apareció Esteban. Dejó un billete de cien pesos y  se fue apenas un breve saludo después. No aceptó acompañante y demostró una súbita y tosca sobriedad. Yo, decidido a no cejar en mi esfuerzo por aguar la noche, pedí otra cerveza.

-La cuestión es que empieza su perorata, diciendo que uno de los males que atrofia las mentes es el culto al punto gif. Según decía y tiraba unos datos de la neurociencia, el hábito adquirido de ver una imagen repetida que apenas necesitaba procesarse por el cerebro generaba algo así como una menor capacidad de entender imágenes complejas. No entendí mucho más, pero lo loco no es eso- ella lo miró inquisitiva, totalmente absorbida por esa ridícula y vulgar anécdota- lo loco es que el tipo en medio de la conferencia quedó trabado...
- ¿no siguió hablando?- le preguntó con ojos tiernos la muchacha.
-No, tuvo un ataque cerebral, quedó temblando entre dos posturas, repitiendo un gesto- Rubén desatento a la tristeza en el rostro de la muchacha sacó con entusiasmo su cámara de la mochila y la encendió- mirá acá tengo las fotos. Estuve pensando en armar un gif para hacer una instalación homenaje.
-¿estás hablando en serio?- la furia se dibujaba en el rostro de la muchacha.
-Por supuesto, es una bella muestra de ironía, un homenaje ácido, como a él le hubiese gustado- se ufanó como quien regala una gran idea.
-¿Se murió?- ella tenía los ojos vidriosos y los puños apretados.
-Sí, a las pocas horas. Probablemente sea su última foto- volvió a jactarse Rubén. 
-Sos un pelotudo- le disparó la muchacha tomando su campera y yéndose sin más.

Rubén y yo quedamos en silencio en el ruido del bar. Afuera, vimos a la muchacha tomarse un taxi y nos dispusimos a pagar resignados. Rubén hizo alguna observación irónica intentando desprestigiarla. Luego volvió a comentarme el proyecto y yo le dije que era un genio incomprendido.

Al subir al 22, tuve la extraña suerte de viajar sentado. En el asiento delante de mí, dos adolescentes pasadas de copas reían a costilla suelta. No lograba descifrar sus palabras, pero descubrí que miraban la pantalla de un celular. Un niño que paseaba en triciclo se caía una y otra vez del mismo modo. Su rostro desprevenido parecía demostrar una lección nunca aprendida.

jueves, 7 de abril de 2016

24+1


La princesa rolinga
quedóse
dormida.
De su boca de fresa
una gota de baba
viajaba.

De su infausto destino
ella no sabía,
pues su corta porfía
al final descendía,
como lluvia palpable
al ajado regazo
del anciano invidente
que a su lado la oía.

Ni la luz de la tarde
que los rieles gastaba
esa paz alteraba.
La princesa rolinga
de los negros cabellos,
de las largas pestañas,
con ojera de tiempo
y en el éter de sueños,
dormía.

En el haz
que cortaba
la corriente de baba
se imprimió
tal silencio
que mirándola,
tonto,
antes que despertara,
algo me decía
que la tristeza
un encanto olvidado
escondía.

No la olvidaría.

La princesa rolinga
entretanto

dormía.

domingo, 3 de enero de 2016

Faltan 08:05:14


"Una buena imitación es la más perfecta originalidad"
Voltaire


“María friega una pila de platos. Bajo una luz ámbar y con los gritos latinizados del canal de dibujitos. Recaudó, con inteligencia de superviviente, los restos de comida casi intacta que Felipe había dejado. Una lágrima de sudor baja por su rostro enjuto.”

En aquellos días, pienso risueño, parecía que mi crónica antropológica era demasiado elaborada. Pocos años de trabajo y mucha literatura. Lo irónico es la circularidad, tener que dar, veintitrés años después con esas notas, para intentar resolver el crimen de De Rais. Leerse siempre es ridículo. Me río entre cortado, leo recordando el empeño dispuesto en descubrir en la conducta humana alguna salvación.

“Felipe parece absolutamente consumido por la televisión. Apenas hila palabras y disfruta particularmente, cuando se presenta la oportunidad, de jugar a que es cajero de un banco. Recibe constantemente juguetes que disfruta apenas minutos antes de pedir otro. Los acumula en desorden, María empeñosa se esmera en ordenarlos pacientemente.”

Miro el reloj y apenas son las once de la mañana, todos atacan frenéticamente una bandeja con facturas en la comisaría. Nadie trabaja el último día del año, pero yo debo cumplir horario completo. Los miro comer y hablar a los gritos y prefiero volver a la lectura. Desde navidad, sin caso asignado, me había propuesto resolver este mamotreto. Apenas leí la carátula, recordé mi familia experimental y empecé la búsqueda. Fueron largos siete días, con sus correspondientes llamados, para poder dar con mis apuntes de esos días. Me sirvo una taza de café, rechazo con cortesía el contacto de mis colegas y vuelvo a la lectura.

“Ante la impotencia que muestra Norma y la violencia inconducente Leandro, padres de Felipe. La única figura que parece disputar la superioridad impuesta a gritos del padre es Isabel, madre de Norma. Ella consiente aún más los insólitos y ridículos caprichos de Felipe a rajatabla. Su presencia en la casa subvierte el orden. Ella acciona en cada visita el mecanismo de la disputa para cambiar todo aquello que desaprueba”

Lo siguiente es una larga descripción física y de carácter de Isabel. Increíble ocupar una carilla con esto, percibo claramente lo mal estudiante que era. De todos modos, podría haber continuado la carrera. Surgió esto y…Ordóñez no puede sudar tanto. Admito que la comisaría es calurosa y más al mediodía, pero este tipo se duerme y casi emana una niebla de sudor. Levantar la vista del papel es para peor. Vuelvo unas páginas atrás.

“Se trata de un chalet americano. Las rejas delanteras verde inglés en nada difieren de las demás del barrio. El frente tiene piso de lajas verdes y sus paredes están recubiertas de piedras. Apenas se cruza el umbral de la puerta…”

Mi memoria está bastante fuera de estado. Alguna peripecia (si no una exigencia sin sentido de la cátedra) hizo desaparecer las primeras cinco hojas del diario que llevaban la dirección exacta y datos más allá de los nombres. Es mediodía, todavía puedo llegar a dar con el lugar si alguno me lleva. 

Salgo a comer con el expediente bajo el brazo. Quince años a pebete todos los mediodías, el sueño de un pedófilo, me río como un estúpido. Jamón y queso una vez más, casi sin excepciones, siempre. La sombra da justo en el hueco que enmarca la ventana de la oficina del registro automotor.

“Hace días, el conflicto radica en un juguete regalado a Felipe por una familia amiga. Isabel está obstinada en que Felipe no juegue o duerma con él, mientras que sus padres no ven nada malo en ello. Hoy después de quejarse sobre cada aspecto de la limpieza de María, Isabel tomó el juguete, lo escondió dentro de un ropero. Minutos después Felipe volvió de la escuela y comenzó a buscarlo frenéticamente, sin escatimar en insultos e imprecaciones a María por no dar información”

Del juguete nada, simplemente “juguete”, menos mal que aprendí a ver un poco más los detalles acá en la fuerza. Detengo mi lectura para terminar mi sándwich y mirar pasar al grupo de mujeres que sale cada mediodía a correr. Nunca podré entender ese fenómeno, correr en círculos todos los días sin más. Por pura rutina, por puro impulso de quemar tiempo. Sin embargo no faltan los buenos resultados en el plano físico, que recibo sin desagrado. La más alta, parece una mujer de familia, tiene algo agradable en su semblante. Hoy no lleva su camiseta rosa ceñida, tiene una camiseta larga del club Villa Berlín.

“Felipe manifiesta egoísmo y materialismo bien marcados. Todos sus juguetes están en lista perfecta y completa cuando debe compartirlos con algún eventual visitante. Al terminar cada juego, generalmente una imitación de la compra y venta, recuenta cada juguete utilizado aún sin ordenarlo. Razón mayor para que los intentos de Isabel de desprenderlo de su muñeco no tengan éxito. Tres intentos han fallado. María en dos ocasiones cedió a los ruegos del niño y la última vez Felipe dio con él con facilidad apenas buscando.”

Gutiérrez me lleva de mala gana en busca de la casa. Le ofrecí mi caja de fin de año a cambio, por eso tendrá que manejar un largo rato. Calavera no chilla, le digo que pare en un quiosco y me bajo. La gaseosa fría le devuelve la sonrisa. Las calles camino al club son esquemáticamente iguales. En todas las casas se respira una cierta suficiencia burguesa. Ya recorrimos dos veces cinco o seis cuadras a la redonda, sigilosos por momentos, apurados por otros. Ahí está la hija de puta. Le pintaron las rejas de blanco, hace como cinco años a juzgar por el óxido. Tiene el pasto largo y cartel de venta. La inmobiliaria debe estar aún abierta. Gutiérrez acelera bajo mi solemne promesa de empanadas.

“La discusión se suscita cada vez con más frecuencia, cada vez que Isabel visita la casa. Ella insiste en que el muñeco “tiene la cara de Menem” (sic). La referencia al presidente genera risas en sus interlocutores, pero ella no duda  que ese es un rostro nefasto.”

No sé cómo conseguí que me mostrasen la casa, se ve que el gordito no vendió nada en todo el año. Tengo que esperarlo media hora en la puerta. Gutiérrez mira el reloj y me putea hasta en sánscrito en su fuero interno. Si el gordito no llega a venir le voy a tener que regalar una docena. Entre las hojas encontré un apéndice inconsistente de fotocopias de productos que se consumían en la casa. Al fin un indicio preciso del rostro del muñeco. La caja está toda en inglés, pero tiene el dibujo de Harry y los Henderson. Chota película, según recuerdo, en la que el yeti convivía con unos gringos. Se parece, ciertamente, a Menem en su momento más piloso.

“Hoy, 15 de marzo de 1995, la familia me ha invitado cortésmente a despedirme y a esperar su llamado en caso de continuar con la observación. Mi insistencia llegó hasta recibir un grito de Leandro.”

Es la última página antes del apéndice. En la investigación, los cuerpos se encontraron en estado de putrefacción en enero del 96. Si el padre era el violento ¿por qué apareció también emparedado? La última nota estaba fechada un mes después.

“Entregamos entonces, el informe completo, corregido y sus correspondientes apéndices, pactando con la cátedra del Lic. Antonini la entrega del informe completo de conclusiones el 20 de Octubre del corriente”

Mi firma y otras dos figuraban debajo. Mejor no pensar en el destino de mis compañeros. El 20 de octubre de ese año ya estaba dentro de la fuerza en homicidios. Graciosa coincidencia.

El resto de lo que tenía eran vagas anotaciones del caso en general: se inculpó a María de la desaparición de Isabel, Norma y Leandro, luego de varias apelaciones se la sobreseyó y se le pagó una indemnización. Felipe había sido enviado a vivir a Mar del Plata con unos tíos. En una larga carta que ellos poseían, Isabel pedía que lo cuidasen un tiempo y enviaba una fuerte cantidad de dinero para sus necesidades. Desaparecieron de un día para el otro. Finalmente, unos tipos que usurparon brevemente la casa descubrieron una pared en el desván perfectamente camuflada. Detrás, los tres cadáveres putrefactos.

El gordito se esmera en mostrarme la casa como una ganga. Evidentemente no se la pudieron encajar a nadie después del crimen. Veo la ventana con ese horrible vidrio ámbar. Todo en un silencio sepulcral. Pido ver la buhardilla, el gordito primero se niega y me obliga a revelar mi condición de policía. A regañadientes y por puro temor abre la puerta trampa. El lugar hierve de calor. Apenas hay unos diarios tirados, algunas cajas y polillas. Y cubierto de polvo, el muñeco menemista. Es aún más feo en persona. Tiene una expresión entre estúpida e inocente que lo hace insoportable a la vista. Gutiérrez me arrima una bolsa de naylon y lo tomo como prueba del caso. El gordito primero se opone, pero apenas un cambio de gesto de mi compañero lo convence.

Cuando subimos al auto, Gutierrez sin decir nada rumbea para la rotisería de Belgrano y Villegas. Tanto lío para nada. Al final había sido nada más que satisfacer mi curiosidad y faltaban casi dos horas para salir. Prefiero ni redactar el informe.

En la comisaría quedamos muy pocos, casi todos se fueron antes del cambio de turno. Gutiérrez se sienta en la cocina y extiende con simpatía las empanadas. La oficial Ribero no duda en zamparse una empanada sin demasiado predicamento. Me siento junto a ellos y pido por favor que cambien la cuenta regresiva de Crónica tv. Faltan ocho horas para las doce. Gutiérrez comienza un zapping errático y se detiene a mirar dibujitos. Lo repruebo y se ríe. No me ha escuchado, tanto él como Ribero se divierten con las zonceras de Bob Esponja. Le arrojo el muñeco de Harry, tomá, jugá con este también. Apenas impacta en su rostro el muñeco rompe con sus brazos la bolsa plástica y comienza a ahorcar a Gutiérrez. Me paraliza la lucha, es terrible y ridícula. Ribero sólo grita y saca su pistola. Le apunta al muñeco y ya es tarde para explicarle que detrás está la cara de Gutiérrez.

Será un pésimo fin de año. Gracias, Menem.


jueves, 12 de noviembre de 2015

Glew 18:11 o de los dilemas sentimentales del señor Janzonov



"Cuando me trato más, menos me entiendo,
hallo razones que perder conmigo,
lo que procuro más, más contradigo..."

Juan de Tassis


-¡Cuatro Alfajores Guaymallén por diez pesos!- pega el grito, afinado y melodioso un pibe con la camiseta de Quilmes. Pasa a mi lado y prosigue su marcha siempre de sur a norte. Agradezco profundamente haber tenido la inteligencia táctica de dejar pasar un tren, viajar sentado da una sensación bacana que reconforta. Abro el libro, como los últimos tres días, en la página setenta y dos con la firme convicción de que la pasaré y no me detendré hasta la ciento veinte. La lluvia castiga los laterales del tren, incesante y desprolija en su caída.

Apenas comienzo a leer la tercera línea, una sensación horrible y húmeda me recorre el brazo. A mi lado un hombre pequeño y empapado se disculpa por el desagradable roce con su saco mojado. Acepto, diplomáticamente y prosigo mi lectura. El tipo, canoso y atildado en el vestir, parece fuera de sí, como si sus ojos estuvieran lejos del abigarrado vagón. Sin dejarme llegar a la página veintinueve, me mira fijamente y pronuncia el comienzo de su desdibujado soliloquio.

-Ah, Quevedo, lo primero que leí en español- algunas vocales se pierden en su hablar, sus consonantes se imponen con virtuosa regularidad- Sí… poderoso caballero don dinero…es hielo abrasador…

Respondo con una brevísima y ligera inclinación de cabeza, he ahí mi primer error. La camisa blanca que lleva se adhiere a su piel dejando ver un continente de vellos gruesos y oscuros. Sonríe y prosigue.

-Sabe usted, me estaré dando un baño doble o triple hoy, me moje caminando hasta aquí, me mojaré llegando a mi casa y finalmente deberé tomar una ducha caliente- se ríe con ganas, yo no me permito ni un atisbo de contacto visual- como en las películas malas, llueve en los momentos más difíciles- su reflejo en el vidrio me muestra como palidece, casi a punto de desmayarse. Su boca toma un rictus de infinita amargura y sus ojeras parecen oscurecerse.

Le pregunto si se siente bien, si necesita el asiento. Él se niega con cortesía y me toca el hombro con una confianza que se impone como un tsunami sobre las naturales barreras de la conducta social.

-No, no se preocupe, el problema que tengo…si no le molesta que le cuente- me mira y sin que siquiera respire aceptando que continúe, se larga- Parece mentira, yo no comprendo cómo se comporta mi mente y mi corazón- la erre patina como señora gorda en pista de hielo- porque verá, me encuentro ante un dilema... Primero, me presento, disculpe la descortesía… Alejandro Janzonov….

Él espera con la paciencia metódica de los densos que le diga mi nombre, pasa un espacio de casi un minuto, me extiende su mano y me veo obligado a contestar, Miguel Grimblatt, le miento.

-Se imagina, Miguel, que no es cuestión de andar diciéndole estas cosas a cualquiera…pero necesito desahogarme- le respondo apenas con un levísimo gesto y al instante me arrepiento, una curiosidad de vecina chismosa se impone a la lógica- soy un hombre comprometido, vine con mi pareja de Ucrania apenas se aprobó la ley de matrimonio igualitario. Somos felices, hace largo tiempo que no pasamos problemas económicos y convivimos bien, en armonía.

Me resigno, guardo el libro en la mochila y, por primera vez, lo miro. El alivio se dibuja en él como si la lluvia se detuviese de golpe. Le pregunto en qué reside su dilema. Se infla en pleno desahogo y deja caer las palabras.

-Sucede que hace varios días, en mi trabajo diplomático conocí a un hombre, un muchacho que no parecía distinto de cualquier joven de los que uno cruza en el círculo de las cancillerías. Pero me miraba con insistencia, como…como cuando los adolescentes se enamoran…había siempre algo en su forma de hablarme que me resultaba hipnótico, delicioso…
Se sonroja un poco, sus aparentes cincuenta años viajan a la infancia. Duda antes de proseguir, pero mi curiosidad se impone a su vergüenza. A esta altura, cualquier lector avezado se podrá dar cuenta que lo único que animaba el cansino viaje en tren era la charla de este personaje extraño que abría inusitadamente su intimidad.

-No se ría de mí, por favor. Esto podría pasarle a usted también- asiento con empatía- Esta mañana, me crucé con él en la cancillería y me besó en la escalera de emergencias. Me sentí como usurpado en mi dignidad, sin embargo, no podía resistirme. En su perfume y sus modos sentía algo que estaba perdido en mi memoria…- sus ojos toman un brillo particular y detiene un momento su relato, empujado por un vendedor de chips telefónicos.

La lluvia a la altura de Escalada es inclemente, se filtra por cada rendija del desvencijado vagón. Un muchacho dormido en el asiento opuesto al mío se moja y apenas reacciona. Janzonov parece detenido ante una bifurcación desconocida. Le pregunto qué sucedió después.

-Después de ese beso, no tuve vuelta atrás. Pasamos todo el resto del día en su departamento. Ahora vuelvo a casa, con mi pareja, Iván. Él no sospecha siquiera nada de esto…-su voz se torna oscura- con él, me siento joven, con Iván, cómodo y amado. No sé porque llegué a semejante situación, como un colegial desbocado...

Llegamos a Lomas. No puede entrar nadie más en el vagón. Janzonov está casi sobre el asiento que compartimos el bancario que viaja enfrascado en un juego de celular y yo. El tren retoma su lenta marcha, no se escucha más que el incesante golpe de las gotas estrellándose sobre todo

-Le tengo que pedir disculpas, Miguel, pero es que esto me desborda y me oprime el pecho. No sé que hacer…Es como si las cosas se confabularan para destruir el orden natural y volver a traer la hermosa irresponsabilidad de la juventud- se ríe, pero con amargura.

Cuando el tren se detiene en Temperley, Janzonov parte raudo entre la gente sin siquiera despedirse. Como un fantasma, como una sombra, empuja a unos adolescentes pavotes y sale por el andén. Lo veo perderse entre la multitud que desesperada busca el reparo del techo de la estación.

Hijo de puta, pienso, me tiró encima toda su mufa y sus problemas y se bajó. Maldito fantasma, maldito ucraniano. Bajo del tren junto con el bancario, que busca con desesperada insistencia su paraguas.

Al bajar en Adrogué, no sólo me repito en mis maldiciones, además estoy en alpargatas en plena tormenta. Comprendo con claridad supina que Janzonov le hizo el paraguas al bancario.


No puedo evitar reír como un tonto mientras me empapo camino a casa.

jueves, 3 de septiembre de 2015

M< 9 Msol


“Toda mi vida no ha sido tan larga como este otoño”
Konstantin G. Paustovski


Apenas retira su ojo del lente del telescopio, Leonid Zirkanev deja resbalar por su mejilla una larga lágrima que cae sobre su informe del día. El amanecer amenaza la colina de Púlkovo, enterrada bajo un metro de nieve. Los números, en prolija tinta azul, pierden sus contornos y en vano, el astrónomo intenta secar el papel rozándolo con los dedos. Detrás de él, permanece parado el guardia del observatorio. Lleva un fusil y mantiene una insólita posición de firme. Un silencio irreal lo envuelve y no se oye siquiera su respiración. Sin recibir respuesta, Leonid lo saluda, mientras cierra la puerta que conduce a las escaleras.Su respiración entrecortada y angustiosa baja lentamente hacia el sótano de los residentes.

La última pisada, se dice el muchacho, la última fue perfecta. No obstante, tanto él como el resto de los concurrentes al estadio mantenían una mueca de desencanto. Viajaban en los atiborrados estribos del colectivo en triste amontonamiento. La noche era húmeda y el calor no cesaba. Era imposible no entender que todo era un montaje ridículo. Los invitados, conos al servicio del homenajeado, pasaban a reírse como en el picado más sonso de un asado familiar. Sí, era cierto, Rubén con dolor lo admitía a su fuero interno, todo había sido una maniobra comercial. Pero Morán, Morán y su magia, Morán el de la pelota al hueco, de la pisada, del súbito caño, Morán el diez, el mágico. Morán todo lo merecía, menos esto.

El café en la jarra de lata era el más amargo. Leonid, los ojos clavados en la ventana, detrás de sus vidrios, los pinos agitándose infinitamente por el viento. Lo peor de todo era que debía quedarse de guardia por dos días, hasta que la tormenta cesara. Los principios son sencillos de aprender: el hidrógeno al interior, se había convertido en helio y se había enfriado lentamente, quizás con más precisión, en los últimos años. Los últimos trece años, los años en que Leonid la descubrió. Diez millones de años atrás, permanecía en el abovedad anonimato celeste. Sólo esos trece años alguien la había visto. Leonid sólo fue un mudo testigo de su agonía.

Las cuadras desde la ruta hasta su casa, Rubén pateó incesantemente una lata. Con ira contenida, con la rabia de la muerte. Morán, el que la pisa de espaldas y habilita con un ligero pase de suela, había caído. La más funesta de sus misiones había sido cumplida. El arte envuelto en sus quiebres de cintura, una vez más, era el alimento de los vivos, de los truchos, de los mercaderes. Seguramente, sin reconocer este último acto traidor, esta última tentación monetaria, Morán se secaría ahora la espalda y pensaría en los placeres que esa misma noche inundarían sus sentidos. Recién allí, casi llegando a la esquina de su casa, Rubén comprendió la lógica misma en que Morán estaba sumergido. Pero esto no justificaba perder la dignidad de morir como un guerrero, pensaba, masticando sin ganas los fideos fríos que le habían dejado. En el patio, apenas se percibía el goteo de un cuerito eternamente roto. Rubén se sentó en el borde de la pileta de lona y lloró, larga y pesadamente recordando la imagen medio chueca y alargada de Morán saludando al público.

Irónicamente, el nombre estaba reservado a una  matrícula, pero había encontrado una especie de poesía recitando suavemente 586 PERSEI. Exhalaba el aire en cada número, para que no sonase como el cinco de cuando pagaba un ómnibus,  el ocho del teléfono de su casa, el seis que cerraba su número de legajo laboral. Cada mili segundo en que la nombraba era producto de una larga identificación. Un tonto, pensaba Leonid, intentando conciliar el sueño bajo unas rústicas frazadas. El momento en que el brillo cesaba lo atormentaría por el resto de sus días.


La luz de la luna resalta el gesto adusto de Rubén sollozando por última vez y secándose los mocos con la mano. Su héroe había elegido el peor final. No le bastaba haber vuelto a dar apenas unos últimos destellos al club en el que nació. Hasta allí, incluido un ascenso altamente opaco y unas pocas pinceladas de su antiguo esplendor, las cosas lo habían dejado irse por la puerta de atrás pero con la gloria en los hombros. No, no bastaba con ese final agridulce, algún genio, algún hijo de puta, pensaba Rubén, había pergeñado esta hábil treta teatral. Una amargura sin fin se hizo nido en su rostro mientras dormía. Una nube pasó tapando la luna y el mismo negro paño cerró la tragedia repetida.